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19/05/2006
CAMBIAR EL MUNDO
Hace ya un tiempo que no actualizo el blog, debido en parte al ajetreo propio de unas fechas cercanas a exámenes, al tiempo que también como consecuencia de una especie de sequía de ideas que comentar.
Si bien, en las últimas semanas he podido mantener diversas conversaciones con compañeros, amigos y amigas, familiares, etc.. en particular sobre la coyuntura nacional y mundial que nos ha tocado vivir. Tanto desde el punto de vista político como social. Las opiniones son variopintas, aunque predomina un cierto pesimismo respecto de todo tipo de acontecimientos. En efecto, la cosa no está como para echar cohetes pero, como cristianos, no hemos de perder de vista que ya Jesús nos advirtió: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Juan 16, 33). Sentada esta premisa, ponemos de nuevo la mirada en la Sagrada Escritura, para recoger el mandato del Señor: “Id y proclamad el Evangelio” (Mc 16, 15). Por lo tanto, ese claro “optimismo cristiano” no significa dejadez y abandono, sino precisamente lo contrario. El optimismo cristiano significa actividad. Actividad por llevar a Dios al corazón y las obras de la gente. En una expresión: cambiar el mundo, por amor a Dios y a todas las personas.
En una conversación reciente, en una de esas típicas en que se pega un repaso al mundo y se “arregla” la sociedad, comentaba con un buen amigo los puntos clave en que se muestra la crisis. No hace falta ser cristiano para verlo y lamentarse: hoy hay guerras, hay hambre y Sida en el Tercer Mundo. En el Mundo “desarrollado” la juventud y la educación es en casi todos los países un punto débil, la familia se desvirtúa: los malos tratos, el divorcio, la equiparación del matrimonio a otras formas de convivencia, etc.
De forma habitual, uno tiende a pensar que su opción política (si la tiene definida) es la solución de, al menos, buena parte de los problemas. Pero creo que la política tiene su propio papel, que es regular la vida social de los ciudadanos y el Estado, en un orden justo, como bien recordó el Papa en su primera encíclica. Y eso tiene una importancia considerable, por supuesto, pero no es suficiente y es relativo. Es más, el papel del Estado, a la luz de la Doctrina social de la Iglesia y en palabras del Santo Padre es reconocer y apoyar “de acuerdo con el principio de subsidiariedad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio”. Por lo tanto, la base está en los propios ciudadanos, como colectividad y como persona individual.
Lo que yo creo es que la verdadera sociedad justa debe nacer de la virtuosidad de los propios ciudadanos. Si no hay hombres justos no habrá sociedad justa. Mejor en positivo: sólo hombres justos harán una sociedad justa. Y recordemos que “justo”, en el lenguaje de la Biblia, es “santo”.
Vuelvo al terreno de la fe para reflexionar sobre la verdad de la “Comunión de los Santos”, que podríamos resumir en una frase: “nadie se salva ni se condena solo”. Como recordaba Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica “Reconciliatio et Paenitentia” , un pecado recae como una losa en el resto de la Iglesia, al mismo tiempo que una buena acción ayuda al conjunto de los cristianos. Por eso, en nuestra vida personal está más de lo que pensamos. Además, sabemos que sin Dios nada podemos, pero con Dios, lo podemos todo. Hasta lo inimaginable. Por eso, podríamos decir, sin miedo a equivocarnos que lo que hará que el mundo cambie es la santidad personal de cada uno. Santidad personal en lo más corriente y normal de la vida, hacer las cosas por Amor a Dios y con la lucha por la perfección que requiere. Dios no nos pide más. Y los frutos serán abundantes.



