Menos votos a Gallardón

Hoy es el primer día desde que inicié las andanzas con el Blog en que voy a hablar de política en sentido estricto. Y es que se venía anunciando varios días lo que por fin se ha consumado. El alcalde de Madrid ha oficiado el acto por el cual dos personas homosexuales se han unido en una figura que, por más que lo digan las leyes, nunca podrá llamarse matrimonio.

 

Antes de proseguir, decir que cuando un católico habla de política ha de tener cuidado de no confundir lo que es su propio pensamiento con el de la Iglesia, y ha de tener claro, por tanto, qué entra dentro de la esfera de lo opinable y qué no. Un buen criterio e infalible es ir directamente al Catecismo. Lo que se enseña ahí entra dentro de lo no opinable, porque es la Verdad, que como tal ha de asumirse, como único camino de felicidad y libertad verdaderas. Lo que no se encuentre dicho ahí suele estar ya, eso sí, dentro de lo opinable, en el sentido de que no por pensar de un modo u otro uno se condena o se salva. Después están las directrices básicas que da la Iglesia, como buena Madre que es, en aspectos concretos, destacando la Doctrina Social de la Iglesia, como complemento a lo que el propio Catecismo enseña. Pero casi nunca la Iglesia concreta hasta lo inequívoco a la hora de optar por una opción política. Por eso, no seré yo quien diga que un católico se condena o salve por votar al PP, PSOE, IU, PNV, CiU, BNG, Partido Andalucista o a Esquerra Republicana de Catalunya, por poner unos ejemplos. Pensaré otra serie de cosas, incluso dentro de la categoría del “deber ser” como católicos, de esos votantes. Pero no desde la abrogación por mi parte de la catolicidad genuina, ni condenando o salvando a nadie.

 

Dicho esto, he de decir que lo que hoy ha hecho el señor Ruiz Gallardón, hijo de quien interpusiera en su día el recurso de inconstitucionalidad contra la ley que despenalizaba ciertos supuestos de aborto, es de grave trascendencia. Ya lo ha proclamado el Arzobispo de Madrid, y yo estoy de acuerdo con él. No entra dentro de lo opinable, en este caso, aceptar las uniones homosexuales. Sí entra dentro de lo opinable decidir si se ha de seguir votando a Gallardón. En mi caso, puedo decir que Gallardón ha perdido hoy un votante, y me consta que ya somos unos cuantos. Pasando al terreno de las confesiones, he de aclarar que no soy votante del PP, tampoco de otro partido en especial. Voté a Gallardón en las últimas elecciones a la alcaldía de Madrid, sabiendo que a pesar de muchas cosas moralmente reprobables, fue un magnífico gestor de la Comunidad de Madrid, y creí que iba a ser igual en la capital, como creo que así es. El incidente con la baronesa Thyssen me pareció de lo más barriobajero por parte de la prensa y la susodicha, y creo que, a pesar de las obras, va a dejar a Madrid infinitamente mejor. El tema de los parquímetros lo gestionó peor, pero creo que el fondo del asunto es positivo. Pero la moral está por encima de otras cosas, y con ésta ha llegado al límite de lo razonable. No cuente conmigo, señor Gallardón, para las próximas elecciones. Siguiendo con la confesión política, decir que he repartido mi voto entre el voto en blanco, Familia y Vida y esta única vez en que voté al PP (y creo que la última). Soy uno de tantos huérfanos políticos. No me gusta ningún partido de los que hay hoy, ni siquiera de los pequeños, ni a la izquierda ni a la derecha. Las razones para cada uno son variadas. ¡Y cuántas veces me han recomendado tal partido o tal otro! Pero no acabo de encontrarme a gusto votando algo en que no creo al menos en un porcentaje elevado. Y del voto útil, hoy en día es voto inútil. Visto lo visto, y creyendo que para mí lo que más ha de valorar un católico a la hora de votar es el grado de aceptación del programa elegido de la Doctrina Social de la Iglesia, no creo que exista dicho voto útil, al menos tal y como me lo presentan.

 

Bueno, al caso: lo que es indudable, desde el punto de vista de la moral católica, es que el matrimonio sólo pueden constituirlo el marido con la mujer. De hecho, es tan grande el protagonismo y la grandeza de la unión matrimonial, con la finalidad procreadora, el bien de los esposos y la educación de la prole, que en el Sacramento el Ministro no es el sacerdote, como en los demás Sacramentos, sino que lo son los contrayentes, asistidos por el representante de Cristo y administrador de la Gracia, que es el sacerdote.

 

Ya hemos hablado en otro momento de la importancia del matrimonio y la familia para la Sociedad, como su fundamento último y básico. Y del hecho de que atentar contra ella es especialmente grave por las consecuencias a largo plazo que provoca y el gran daño moral que supone para el bien común de la comunidad política y social, cercenando su misma base. Por eso, lo que hoy ha hecho el señor Gallardón al aceptar tácitamente estas uniones es participar de este atentado a la persona humana, contra lo que la Iglesia y los católicos tenemos el deber moral, como mandamiento de la Caridad, de hacer firme oposición a leyes inocuas que se oponen a la razón natural y dañan en lo más profundo al hombre. Por eso es especialmente grave lo de hoy, así como, por citarlo ya de pasada pero por poner en orden la Caridad y la Justicia, lo es también, el gran drama de las 80.000 muertes “legales” que se producen al año en España, con el cobarde eufemismo de “aborto” o más todavía “interrupción voluntaria del embarazo”. Pero hoy a lo que estamos.

 

Lo siento pero hoy pone punto y final mi opción por el “mal menor” que suponía Gallardón, aun admitiendo que sus maneras sosegadas y ecuánimes me van mucho más que los exabruptos de, por ejemplo, Acebes a quien por cierto nunca he dado mi voto en unas Generales. Pero aun no pudiendo tragar al segundo, en tema de moral me parece que le prefiero mil veces más que al primero. No me gusta la crispación y me agrada el debate respetuoso, sereno y profundo, en especial si es de los políticos, pero no el pisoteo de la moral y los principios. Eso debería estar por encima de cualquier cosa, y si Gallardón, que siempre se consideró católico se posiciona junto a los que la atacan aun creyendo que la “modernizan”, es que no merece, desde mi punto de vista, ningún tipo de apoyo. Más me vale una persona agnóstica que sea sincera en su búsqueda de la verdad y coherente con sus principios que aquellos que no se sabe si los tienen pero que además se sirven de los votos de quien sí los tienen para ganar unas elecciones, con el manido y falso argumento del “mal menor” o “voto útil”. Esos, los tibios, son los peores, según mi modesta opinión. Y ¡ojo! No confundir tibieza con moderación. Lo primero es abominable, lo segundo hasta en cierto modo exigible moralmente, sin que en ningún caso pueda significar una traición a los valores que Jesús nos transmitió por medio de su Santa Iglesia.

Sábado, 29 de Julio de 2006 22:43

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Autor: Ottinger

Es curioso que si Gallardón aplica la ley pierda un votante, quizá debería transgredir todo el Código Penal para recuperar su voto.

Fecha: 30/07/2006 19:39.


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Autor: Jorge

Pues para mi recuperar mi voto únicamente haría falta que fuera coherente con su fe. No es tan difícil, creo yo.

Fecha: 31/07/2006 13:14.


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