Te esperamos Santo Padre. Ya vamos para Valencia.
Hoy es el día esperado desde hace un tiempo. Saldremos de Madrid sobre el medio día con destino a Valencia. No sé las horas de viaje, supongo que más de los normal. Bueno, supongo no, casi con total seguridad. Pero la espera no es en balde. Benedicto XVI nos viene a visitar, y hay que responder con entusiasmo y entrega. Al menos es esa la visión que yo tengo de esta visita.
Ya han pasado las campañas y los debates para dar paso a la fiesta de la Familia. Un Encuentro familiar marcado por la tragedia que hace unos días nos sacudía a todos, al saber la muerte de decenas de personas y otros tantos heridos en el accidente de metro más grave de la historia de España. También la primera visita de Juan Pablo II vino precedida por el sufrimiento, cuando más de 30 personas fallecieron por la inundación de la presa de Tous, también en tierras valencianas. No soy amigo de lecturas místicas de los acontecimientos, ni de sacar de las coincidencias de la vida conclusiones concretas y deterministas. Dios sabrá el porqué permite estas cosas, aunque de la lectura de un santo español leí una vez, y se me quedó grabado, que Jesús bendice siempre con la Cruz, porque es donde más a su lado podemos estar. Sea ésta la razón o no, lo que está claro es que las contrariedades para lo que nos han de servir es para acercarnos más a quien todo lo puede.
Durante estos días, Valencia se convierte en el centro de atención del debate sobre el pilar de la sociedad, que es la Familia. Y más concretamente, la transmisión de la fe en ese contexto. Es el quinto Encuentro que se celebra y al que Juan Pablo II se comprometió a apoyar con su presencia, testigo que recogió enseguida Benedicto XVI. Es un tipo de acontecimiento clave por la temática pero que seguramente de no contar con la presencia del Papa habría pasado muy desapercibido, en medio del húmedo calor veraniego de las tierras valencianas. Es gracias al apoyo decidido del Santo Padre, que la Familia, con su Encuentro Mundial, se ha visto en el centro de todas las miradas. Lo que más importa ahora son los frutos de todo tipo que se van a recoger, y esperemos que sean abundantes, por el bien de la sociedad y la humanidad entera y es por ello que el Papa en las semanas previas nos ha pedido que se rece mucho y se encomiende a la Virgen que el Espíritu Santo ilumine las conciencias de los participantes en el Encuentro, para que se convierta en el inicio de una “nueva primavera” para las familias.
Ya tengo ganas de salir, de ver mi tierra valenciana (aunque Madrid también lo es) de nuevo, pero muchísimo más que todo eso, de poder ver al Papa, un hombre del cual, una vez elegido, comencé a leer e informarme debidamente y ante lo cual no puedo más que admirar y maravillarme de su calidad y altura intelectual, al tiempo que humana. Una sencillez, humildad que contrasta con la grandeza de su pensamiento y contra quien se han vertido numerosas calumnias y falsedades desde el momento en que se mostró decidido a hacer teología al servicio de los demás, de Jesús y la Iglesia, y no al servicio de su propio pensamiento, entendiendo propio como ajeno a la luz de la verdad que es la fe. Al contrario, se trata de un hombre que nunca ha temido los desafíos intelectuales, no ha rehuido pregunta o cuestión alguna, y siempre considerándose un “cooperador de la verdad”, tal y como puso en su lema episcopal.
Bien, no se trata hoy de enrollarme, así que simplemente concluiré mostrando, una vez más, la alegría que supone para mí este fin de semana, la visita del Papa y la esperanza de que la Familia tenga en este Encuentro el inicio de una “nueva primavera” cargada de frutos y luz para el futuro. ¡Te esperamos Santo Padre!


