UN AÑO DE PAPADO

20060419161617-papa.jpgHoy justo hace un año, sobre las seis de la tarde, estábamos atentos a la fumata que iba a salir del Vaticano, esperando el anuncio de que teníamos un nuevo Papa. Nada menos que “el sucesor” de Juan Pablo II el Grande. Los medios de comunicación señalaban para esa hora la celebración de otra votación para la elección del Pontífice. La cuarta desde el comienzo del cónclave. Entonces, a las 17.50 empezó a salir un humo que no parecía negro, pero tampoco blanco. El día anterior, incluso, ya hubo quien anunció fumata blanca confundiendo el grisáceo que tomaba lo que salía de la chimenea vaticana. Sin duda, para la próxima habrá que mejorar el sistema para que salga más nítido el color. Pero esa vez no, en efecto, tras el gris ambiguo empezó a clarecerse más, hasta que el locutor del canal por donde lo estaba viendo sin duda aclamó “¡tenemos Papa!”. Minutos más tarde, desde el balcón principal del Vaticano se proclamaba: Annuntio vobis gaudium magnum; habemus Papam. (...) Cardinalem Ratzinger qui sibi nomen imposuit Benedictum XVI.
 

La Plaza de San Pedro estalló de alegría: el ¡Cardenal Ratzinger!, ¡Benedicto XVI! Las reacciones fueron de lo más variadas. Muchos periódicos parecían horrorizados ante el que llamaban “panzerkardinal”, o haciendo continuas alusiones a su papel como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, o lo que es lo mismo, la antigua Inquisición. Se llegaron a decir cosas como la de la portavoz de la Red de organizaciones feministas contra la violencia de género, Ángeles Álvarez, llegando a afirmar que “supondrá una "absoluta fragilidad" para los derechos humanos de las mujeres”. Los comentarios de la calle no eran muy esperanzadores.

 
Personalmente, la imagen que tenía del Cardenal Ratzinger era prácticamente la que nos vendieron muchos medios durante el Cónclave, y ya antes. Solamente me había leído unas semanas antes del Cónclave, la Instrucción sobre algunos aspectos de la "teología de la liberación” de 1984 “Libertatis Nuntius”. Me la leí después de escuchar numerosas críticas a la respuesta que en ella daba el Cardenal a la teología de la liberación, así que fui directamente a la fuente. El resultado no pudo ser más positivo. Me encantó por lo clara, concisa, justa, equilibrada y adecuada que era. Y me di cuenta, una vez más, de la manipulación mediática a la que nos encontramos sometidos, pero ésta me dolió en especial y me hizo reflexionar profundamente.
 

Aún así, su elección me sorprendió en gran medida. Estaba convencido de que el Espíritu Santo me iba a sorprender.. pero, ¿así?. No sé si mi reacción fue de decepción, lo cierto es que me quedé contrariado. Mi confianza en Dios hacía que supiese que su elección era justa, pero por otro lado, mi pobreza humana se dejaba llevar por criterios terrenales. Así que eché mano de lo que sabía que era lo correcto: rezar por el Papa. Eso, y acordarme del hecho de mi primera lectura suya, me llevó a empezar a leer sobre él y sobretodo a seguirle mucho más de cerca. Ya sus primeras palabras rompieron topicazos: un sencillo, humilde, trabajador en la viña del Señor: así se definió el primer día. Y el día 24, en la Misa de inicio solemne del Pontificado declaró:  Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.

 

Después me leí “Dios y el Mundo”, “La Sal de la Tierra” y  “verdad, valores, poder”. Y fui leyendo sus primeras homilías, su primera encíclica, declaraciones, las audiencias de los miércoles, otros escritos suyos anteriores, etc.. en resumen, creo que, una vez más, Dios nos ha puesto un regalo al frente de su Iglesia. Un regalo porque este hombre es extraordinario y mi convencimiento se asienta, después de este tiempo, en la certeza de que tener a Benedicto XVI como Papa es toda una bendición del Cielo. Y a un año de su elección, lo que nos queda es volver a dar gracias.

 

El Papa, por justificar un poco mi entusiasmo, es una persona que destila Amor a Dios y a su Iglesia. De ahí, del Amor, nace su preocupación por mantener pura la fe que Él nos dio para transmitir a toda la humanidad. Pero a su vez es un hombre increíblemente lúcido e inteligente, que sabe leer los acontecimientos actuales desde una perspectiva global y con la experiencia de la historia humana. Sabe ver más allá de lo inmediato, siendo consciente de las consecuencias a largo plazo de cosas que no se hacen como Dios quiere. Por eso mismo, siempre ha alertado del peligro de la dictadura del relativismo, o de las uniones homosexuales, pues es consciente de que sus consecuencias atentan nada menos que contra la propia esencia antropológica del ser humano y cercena el fundamento último de la sociedad: la familia.

 

De igual manera, es un Papa volcado con el ecumenismo, dando pasos importantísimos aunque discretos en este campo. Es la personificación del Concilio Vaticano II al unir perfectamente la fidelidad al “depósito de la fe”, manteniendo su pureza y esplendor con el diálogo sin temor con el Mundo, y con otras religiones, sobre cualquier tema de la vida o la fe.

 

En fin, es un Papa que dejará huella en la historia de la Iglesia, aunque no tenga el carisma de su estimado y Santo predecesor Juan Pablo II. Un Papa que, aun conviviendo con la sombra del Papa Grande, ya empieza a dejar la suya. En otra ocasión volveré sobre aspectos concretos de sus pasos en este año de pontificado: gestos ecuménicos, su Encíclica, o las alertas sobre el cuidado en la Liturgia o el trato a Cristo presente en la Eucaristía, por no hablar de su cercanía a las preocupaciones del mundo en relación a las guerras, los desastres naturales, la pobreza y toda injusticia social.

 

Mientras, recordemos aquella jaculatoria tan bonita para recordar: “omnes cum Petro, ad Iesus per Mariam” que, todos, junto al Papa como cabeza de la Iglesia y sucesor de la Cabeza de los Apóstoles, vayamos hacia Jesús, siempre por mediación de Santa María, madre de toda la Iglesia.

 

¡Que Dios nos conserve al Papa, lo llene de vida y lo haga feliz en la tierra!

 
Miércoles, 19 de Abril de 2006 16:16

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