Alegría y perdón en Juan Pablo II

El mundo entero recuerda hoy la figura de uno de los hombres más grandes de la historia y, sin duda, una de las claves del siglo XX. Hace exactamente un año, una larga espera llegaba a su término para que la humanidad despidiera a Juan Pablo II, el Papa Grande.
Su vida fue toda una escuela de Amor a Dios y entrega fiel. Desde el punto de vista humano, sus días son dignos de novelarse: un chico que muy pronto sufrió la ausencia de la madre, un accidente que le dejó en coma varios días, un polaco que padeció la opresión de su patria, un trabajador incansable, un católico en la clandestinidad, deportista, amante de las artes, sacerdote, filósofo y cabeza de la cristiandad.
Hace un año reflexionábamos admirados sobre cómo sus últimos días fueron toda una representación de la Pasión de Cristo, y nos daba una lección ejemplar de cómo los cristianos hemos de amar la Cruz, en virtud del Amor a Cristo y en remisión de todos los pecados. Siempre que he escrito algo sobre Juan Pablo II me viene la misma tentación de querer abordarlo todo. Admitámoslo: es imposible, en una líneas como las presentes.
Biográficamente, hace doce meses ya tuve oportunidad de publicar una reseña de su vida para unas cuantas páginas web. Hoy intentaré resaltar los aspectos de su persona que después de este tiempo nos han quedado. Y sé que será a riesgo de omitir rasgos fundamentales de su historia.Desde mi punto de vista personal, confesaré que fue un verdadero aliento espiritual. No era posible no conmoverse ante tanta entrega vislumbrada a través de los medios de comunicación o in situ, como tuve varias veces la suerte de verlo. Y esa conmoción sólo tenía un fin al que compelía: Cristo, con la mediación de María. Así, estoy seguro que el Espíritu Santo se sirvió de él para llegar a muchas almas. El Papa que fue maestro del perdón y el arrepentimiento movía precisamente a arrepentirse y admitir la culpa, como primer paso a una vida de santidad y de profundísima alegría y felicidad.
Arrepentimiento...
Y hete aquí la primera de dos reflexiones: hoy en día es muy común escuchar eso de que “yo no me arrepiento de nada en esta vida”. Sin duda, es una de las consecuencias de lo que decía Pío XII cuando afirmaba que el gran error del siglo XX había sido el olvido del sentido del pecado. En consonancia con lo que el nuevo Papa Benedicto XVI ha apuntado como uno de los grandes desafíos de la nueva era: el relativismo. Por el contrario a esta mentalidad, Juan Pablo II llegó a pedir perdón y a llamar al arrepentimiento de nada más y nada menos que los pecados cometidos por los hijos de la Iglesia en la defensa de la Verdad, cuando se han utilizado métodos poco respetuosos con la Dignidad Humana. Y es que aunque la Iglesia es Madre Santa, sus hijos a menudo no nos comportamos como es debido, diciéndonos “sí” a nosotros mismos, y “no” a Dios. Pero para ir a Dios, Jesús nos enseñó que hay que negarnos a nosotros mismos, por Él, y eso pasa por el arrepentimiento y la lucha humilde por ser santos. No buenos, sino santos, lo cual sólo es posible si cada vez más ponemos a Dios (que todo lo puede) en nuestra vida, y menos a nosotros (que sin Él nada podemos).
Paralelamente a esto, el Papa Juan Pablo II fue una persona verdaderamente alegre. Contrariamente a lo que nos llega a través de la cultura imperante, la aceptación por Cristo de la Cruz y del sufrimiento llevó al Papa y lleva a todo cristiano, a la mayor de las alegrías, la terrenal y la eterna. Y es que, ¿hay mayor alegría que saberte Hijo del Creador y que somos amados por un Amor que no tiene límites? Por eso, la alegría del cristiano es felicidad también en la tierra, a pesar de los pecados, si nos arrepentimos y acudimos a la Confesión con el sacerdote, que es Cristo.
... y Alegría:
A Juan Pablo II le vimos reír a carcajadas, bailar, jugar, bromear y sentirme más joven que cualquiera. Por eso tenía una conexión especial con la juventud. Sabía que en nosotros estaba el futuro de la humanidad. Sabía que un puñado de jóvenes santos haría que el mundo se girase como un calcetín. Que de donde hubiera odio surgiría Amor, donde hambre, hastío, donde tristeza, alegría y donde muerte, felicidad eterna. Y no es ninguna tontería: hace 2000 años, cuando a los cristianos no se les insultaba o ridiculizaba, como ahora, sino que se les asesinaba y perseguía, 12 hombres (y algún adolescente, como Juan) con muchos defectos pero con Amor y fe, cambiaron el mundo entero: el imperio romano primero se convirtió, y luego vino la construcción del occidente católico. La nueva civilización que surgiría, en especial en Europa, se construyó sobre la figura de Cristo y su Iglesia. Y por Cristo se evangelizaron nuevos mundos, donde la nueva luz del Evangelio hizo pasar épocas de culturas que degradaban al ser humano.
Tras un milenio de unidad, en el segundo vinieron las separaciones entre los cristianos, las guerras y los grandes desafíos a la fe como nunca antes las hubo. Pero Juan Pablo II, el Papa que nos enseñó a la luz de la Tradición las enseñanzas del Concilio Vaticano II, mantenía la esperanza de que el tercer milenio volvería a ser el de la reintegración y el de una “nueva primavera” espiritual para el mundo. Y la Iglesia con su autoridad, catolicidad, santidad y vocación misionera había de ser la luz que guíe de nuevo a la Sociedad hacia la alegría, el Amor, la Verdad y con ella, la Libertad.
Pero para ello, nosotros, los hijos de la Iglesia, los cristianos “de a pie”, hemos de reencontrarnos con Jesús, puesto que en nuestro día a día en la universidad, colegio, en casa, el trabajo, con la familia y los amigos es como se materializa la vida de la Iglesia y la misión salvadora que Jesús quiere, cuya realización se concreta en cómo vivamos cada circunstancia de la vida cotidiana. Y ahí será como los demás vean en qué consiste la vida de la Iglesia.
Por eso, un año después, del ejemplo de Juan Pablo II, y por sistematizar, extraigo para provecho propio las dos enseñanzas de vida que hoy contemplo: el arrepentimiento como primer paso hacia la conversión a Dios; y la Alegría, como fruto de una entrega sincera y personal a la voluntad de Dios. Dos aspectos: el arrepentimiento y la alegría, ambos con origen en el Amor a Dios, que necesariamente se irradian en nuestro alrededor, inundando nuestros ambientes de paz y felicidad, como Juan Pablo II lo hiciera, primero en su entorno y luego ante toda la humanidad.
Comentarios » Ir a formulario
Autor: david
Fecha: 16/07/2006 14:15.


